Estamos viviendo una, ya demasiado larga y convulsa etapa que
afectan a los alimentos, sobre todo a su seguridad.
Desde finales del siglo pasado hasta hoy, parece que la
necesidad vital de comer, se este convirtiendo en deporte de riesgo. Y no
pretendo banalizar, por que el tema es serio.
Es evidente que la velocidad a la que viaja la información hoy
en día, nos permite enterarnos de hechos que, antes no llegaban a
nuestro conocimiento, o si llegaban no eran noticias significativas, salvo
casos excepcionales por su gravedad.
La EEB (encefalopatía espongiforme bovina) o mas conocida como
mal de las vacas locas fue, a partir de 1996 en que se detectó, el punto
de inflexión para que las autoridades sanitarias de los distintos países
empezasen a revisar el concepto de seguridad alimentaria, empezando a surgir
nuevos organismos y una fiebre legislativa que garantizase la salubridad de los
alimentos en el mercado. Legislación que, sin excepción, todos los eslabones
que forman parte de la cadena alimentaria han de aplicar. Legislación, que se
armoniza para que todos los miembros de la Unión Europea la cumplan pero que,
en muchos casos tiene, poco que ver con la vigente en otros países. Y en un
mundo global como este, los alimentos viajan con la misma velocidad que la
información de una parte a otra del planeta. También hacia Europa. Y se supone
que todos los alimentos que entran en Europa, procedentes de terceros países
cumplen los requisitos sanitarios necesarios, pero me da la impresión de que
eso tiene mucho de acto de fe.
En cualquier caso, no hay que olvidar que la mayor parte de
estos escándalos o hechos luctuosos, tienen su origen en el fraude. Son delitos
o negligencias y quienes los cometen, saben que lo están haciendo. Como en
todos los aspectos de la vida, no se puede demonizar a un sector por la mala
praxis o el afán de lucro de unos pocos.
Ahora, se puede constatar, desde hace años, que la preocupación
por la seguridad alimentaria ha calado en los actores de la cadena alimentaria
y se ha convertido en filosofía de empresa, desde el sector primario al sector
comercial.
Desde la manida Bruselas se intenta, con mejor o peor suerte, establecer
mecanismos de protección al consumidor. Y uno de los mecanismos mas potentes es
el etiquetado de los alimentos, en consecuencia se dictan normas que, todos los
que estamos en algún eslabón de la cadena alimentaria, debemos cumplir, pero que
no siempre surten el efecto deseado.
Modestamente, creo que, si no existe, en todas las comisiones
que se crean para modificar o parir nuevas normativas de lo que sea, debería
ser de obligado cumplimiento la presencia, con voz y voto, de un especialista
en Sentido Común. No tendría que ser docto en la materia que se tratase,
solo tener sentido común a raudales.
En el siguiente capítulo me comprenderán mejor, espero

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